
Una parte esencial de la misión terrenal del Salvador fue la de organizar su iglesia, el vehículo por el cual se podría predicar su evangelio y administrar las ordenanzas de salvación, como las del bautismo y la recepción del don del Espíritu Santo (véase Hechos 2:37, 38) por la imposición de manos.
Primero, el Señor escogió a los 12 apóstoles y les dio autoridad, o el sacerdocio. (Mateo 10:1-15) Con este sacerdocio los apóstoles quedaron autorizados para predicar y bautizar. Les mandó a todos a una corta misión, en la cual pudieron ejercer esta autoridad y aprender cómo usarla.
También llamó a otros a diferentes oficios dentro del mismo sacerdocio. Pablo nos explica que “él (Jesús) mismo constituyó a unos apóstoles; y a otros, profetas; y a otros, evangelistas; y a otros, pastores y maestros;” (Efesios 4:11)
En seguida, Pablo explica el propósito de todos estos oficiales en la Iglesia de Jesucristo. Nos enseña que Cristo organizó a estos hombres “a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:12, 13)
La iglesia que estableció Jesucristo durante su ministerio existía, como dijo Pablo, para fortalecer a sus discípulos (santos), dándoles acceso a las ordenanzas y a las enseñanzas de él. Él sabía que los creyentes podrían crecer mucho mejor organizados de esta forma.
¿No será igual hoy día?
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