
Sabemos tan poquito de la niñez y juventud de Jesús de Nazaret. Puesto que traía genes divinos, fue de seguro un niño muy especial en sentidos que no entendemos. Tenemos una evidencia de esto, gracias a Lucas, cuando José y María lo encontraron en el templo con los doctores de la ley (de Moisés), escuchándoles, haciéndoles preguntas y dándoles instrucción.
Empezó su ministerio a los 30 años, dándonos a todos el ejemplo a través de bautizarse en el agua. Satanás trató de tumbar su misión, pero el Salvador resistió cada una de sus tentaciones, de nuevo poniéndonos el ejemplo de cómo vivir.
Su vida fue llena de amor, servicio, enseñanza y misercordia. El Gran Pastor vivió sin pecado. Pablo dijo que “...no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.” (Hebreos 4:15)
El apóstol Pedro también nos enseñó que Jesucristo vivió una vida perfecta: “...Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo...quien no cometió pecado, ni fue hallado engaño en su boca.” (1 Pedro 2:21,22)
La ley de Moisés requería que los corderos sacrificados fueran sin mancha. Así mismo el Cordero de Dios llevó una vida sin mancha, sin pecado, para que su sacrificio se extendiera por toda la humanidad.
A pesar de su perfección, él comprende nuestras imperfecciones. Podemos arrepentirnos y él nos perdonará. Una parte de su perfección es su amor, su paciencia, su guía, y su gran misericordia. Con razón lo amamos tanto.
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