
Ahora nos toca hablar de la otra muerte, o sea, la muerte espiritual. Ésta es la separación de Dios y del hombre. Sufriremos esta muerte si nuestro gran Juez, Jesucristo, decide que no podemos regresar a la presencia de su Padre en el juicio final.
La caida de Adán y Eva introdujo la muerte espiritual al mundo, ya que conocieron el bien y el mal. Entonces entró el pecado al mundo. Santiago explica esto en la Biblia cuando dice, “El pecado, pues, está en aquel que sabe hacer lo bueno y no lo hace.” (Santiago 4:17)
Como todos pecamos (1 Juan 1:8), quedamos manchados e indignos de regresar a la divina presencia. Por eso nuestro Padre escogió a Jesucristo desde antes de la creación de la tierra (1 Pedro 1:19, 20) para pagar nuestros pecados.
Cristo sufrió por estos pecados en el jardín de Getsemaní y en la cruz. Padeció de una manera que usted y yo no podemos comprender, pues tuvo que tomar sobre sí los pecados, aflicciones y enfermedades (Isaías 53) de todos los que han vivido desde la creación hasta los últimos que aún no han nacido.
Pero la muerte espiritual sólo se puede vencer si nos arrepentimos de nuestros pecados. Jesús ya hizo su parte y ahora nos toca a nosotros hacer la nuestra. Por esto Juan el Revelador dijo que vio “a los muertos, grandes y pequeños, de pie delante de Dios; ... Y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras.” (Apocalípsis 20:12)
Adoramos a Dios, el Padre, y a su Hijo Unigénito, Jesucristo. Cristo es el Salvador en todo sentido, habiendo vencido las dos muertes. Ahora, por medio de su gracia y su misericordia, extendidas a nosotros con tanto amor, podemos regresar a la presencia de ellos para morar allí por todas las eternidades.
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